¿Acaso los médicos no sabían ser más delicados? ¡Eran unos inútiles, mejor lo hacía él mismo!
—¡No! —exclamó Mariana, retrocediendo instintivamente.
—No tienes derecho a negarte —dijo Walter, su tono impregnado de severidad inquebrantable.
Mariana siguió retrocediendo hasta que su espalda chocó con la fría barandilla, sintiendo un fuerte dolor que la hizo jadear.
Al notar su incomodidad, Walter tomó el yodo y las pinzas, y suavizando un poco su tono, preguntó: —¿Dónde te duele?
Mariana, con los