Mariana frunció el ceño, molesta con las bromas de Walter, y estaba a punto de empujarlo cuando él la rodeó con sus brazos. Apoyó la barbilla en su hombro, rozándolo deliberadamente mientras decía de manera insinuante: —Pero si lo pides, tampoco es que no pueda complacerte.
Mariana puso los ojos en blanco.
¡Ese hombre tenía la cara más dura que una pared! ¿Cómo es que no se había dado cuenta antes de lo descarado que podía ser Walter?
Le dio un pisotón con fuerza, y aunque él ni se inmutó, final