A las dos de la madrugada, la ciudad comenzaba a calmarse.
En medio del silencio, se oían a lo lejos las sirenas de la policía.
Mariana estaba atada, rígida e incómoda, mientras Paco a su lado parecía medio dormido.
Varios secuaces estaban jugando a videojuegos, maldiciendo de vez en cuando.
Mariana estaba muy incómoda. Se movió un poco y uno de los secuaces la miró, preguntando: —¿Qué pasa?
El líder también se despertó. Miró la hora y luego a Mariana.
Mariana frunció el ceño, indicándole que de