Al terminar de hablar, Serafín lanzó una ojeada intencionada a Walter, que lo miraba sin expresión alguna, como una estatua.
Sin embargo, si las miradas pudieran matar, supuso que ya habría sido despedazado mil veces.
Serafín sonrió con suficiencia, como un zorro astuto, y se dio la vuelta para marcharse, satisfecho.
La puerta de la habitación se cerraba lentamente y los puños de Walter se apretaban cada vez más.
De repente, se escuchó la pregunta de Mariana, interrumpiendo sus pensamientos: —¿Y