Mariana se giró bruscamente y, al reconocer quién había llegado, abrió los ojos como platos. Parpadeó, recuperando la compostura, y saltó de la cama como un resorte. —¿Qué haces aquí?
Serafín, vestido con un impecable traje negro y gafas de montura dorada, le daba un aire intelectual. Con un ramo de lirios blancos en una mano y comida en la otra, bromeó: —Vine a ver a la gran heroína.
Mariana se sintió un poco avergonzada por sus palabras. —Ay, no digas eso. Al final, alguien más tuvo que proteg