Las pestañas de Mariana aleteaban como pequeñas alas, y en sus ojos brillaba una emoción indescriptible.
Walter la miraba sin parpadear, su voz un poco ronca: —Deja de decir esas tonterías. ¿O crees que te voy a creer?
—Piensa lo que quieras, pero estoy diciendo la verdad —suspiró ella, diciendo con una voz suave pero firme—. Mi tío se lleva bien con todos al instante. Si alguna vez te pide algo, no le hagas caso, no se molestará. Le volveré a explicar nuestra situación.
Walter frunció el ceño,