Un Ferrari negro y discreto se detuvo en el estacionamiento.
Mariana tomó la gorra que estaba a su lado y se puso unas gafas de sol negras. Las gafas cubrían la mitad de su rostro, y el abrigo de algodón negro envolvía perfectamente su figura. Con este atuendo, nadie debería poder reconocerla.
Justo al bajar del coche, vio a Yahir agitando la mano a lo lejos y gritando: —¡Jefa! ¡Por fin llegaste!
Mariana se quedó sin palabras. Por supuesto, Yahir era una excepción. No importaba cuánto se disfraz