Él estaba llorando por ella. Aquel hombre que nunca cedía, que estaba por encima de todo y solo discutía con ella, ahora estaba frente a ella, derramando lágrimas...
La sinceridad es un arma letal. Sus lágrimas también lo son.
Mariana bajó la cabeza, sin palabras que decir.
—Sabes que no puedes aceptarme de inmediato. Pero, Mari, puedo esperar. Solo te pido una cosa: no me rechaces, ¿de acuerdo?
—Déjame llevarte a cualquier lado, ser tu chofer; déjame acompañarte en tus viajes, déjame comprarte