De repente, un hombre de traje detrás de Leo sujetó a Mariana. Ella mordió su labio, sintiéndose completamente impotente en ese lugar. ¿Qué debería hacer ahora? A pesar de su habitual claridad de pensamiento, se sintió desorientada. Clara no serviría de nada. ¿Yael...?
Mariana giró la cabeza hacia Yael, quien había estado intentando acercarse con cautela. Ella solo pudo sacudir la cabeza, indicando que no debía arriesgarse.
—No es más que un par de zapatos, ¿por qué es tan difícil quitárselos? —