Ante ellos había una puerta tan común que resultaba casi ordinaria. Afuera colgaba un cartel que decía "Instituto LK", que se asemejaba más a un puesto de comida callejera...
Yael sonrió con cierta incomodidad. —Somos pobres. Haremos lo que podamos, pero ¡nuestra técnica es de primera, eh!
—¿Por aquí, por favor? —dijo, invitándolas a entrar.
Mariana guardó silencio. Sabía que el viejo profesor era confiable. Si no lo conociera, habría pensado que esto era una trampa, un engaño. Tal vez intentaba