Mariana se sentó de un salto y corrió al baño. Al verse en el espejo, quedó atónita.
¡Dios mío! ¿Por qué tenía los ojos tan rojos? Y además, los párpados estaban hinchados.
Parecía que alguien la había golpeado. ¡Era ridículo!
Tragó saliva y se dio cuenta de que su garganta tampoco se sentía bien.
Se aclaró la garganta y, al hacerlo, notó que su voz sonaba un poco ronca.
¿Qué había pasado la noche anterior?
Confundida, Mariana llamó a Catalina.
Catalina respondió rápidamente: —¿Hola, cariño? ¿De