El hombre bajó la mirada hacia el rostro de Mariana.
Ella se giró y vio cómo aquel hombre se alejaba, retirándose.
Mariana quitó la mano que él tenía sobre su hombro y dijo con tono sereno: —Gracias, señor Guzmán.
—No hay de qué —respondió él, con voz grave.
Mariana bajó la mirada, dispuesta a irse. Entonces, Walter la llamó: —Mariana.
—Sí —Mariana lo miró, con una expresión demasiado tranquila.
—Anoche, en el banco del paseo, ¿qué querías decirme? —después de volver, Walter había estado dándole