—No dije eso.
—Siempre lo has pensado, madre. Me culpas por su muerte, me haces la vida miserable porque crees que soy responsable. Intentas castigarme por algo que no hice —grito, con la voz rota por la frustración.
—¡Cállate! —me grita, volviendo a abofetearme, la rabia y la impotencia se reflejan en sus ojos.
En ese momento, la puerta se abre de golpe y Carlos aparece, con el rostro tenso y la determinación marcada en cada línea de su cuerpo.
—¡Basta, mamá! —exclama, acercándose rápidamente