Perspectiva de Arturo
Para cuando llegué al aeropuerto, empapado en sudor, la noticia me golpeó como un puñetazo en las costillas: el vuelo a Las Vegas había despegado temprano.
Las había perdido.
Maldita sea.
Me quedé en medio de la terminal, escudriñando la multitud, esperando, no, suplicando por un milagro. Alguna señal de ella, un vestido familiar o la risa de una niña.
Pero la terminal estaba vacía.
Sabrina se había ido, de regreso a Las Vegas, de vuelta al mundo del que venía, a su hogar.