SALVATORE
Colina aparece para el desayuno con un gran bostezo. La camisa que lleva puesta es transparente, y no tiene bragas ni sostén. Casi se me cae la taza, estoy mirando tan fijamente. Se sonríe con malicia cuando me pilla y me guiña el ojo antes de dejarse caer en su asiento y poner las piernas en mi regazo. Rodando los ojos, le tomo los dedos de los pies mientras vuelvo a leer las actualizaciones en mi teléfono.
Durmió por casi un día después de nuestro reencuentro, como lo llama Dimitri.