COLINA
—D está en su guarida. Ve a ver qué está haciendo, ¿quieres? —me pide Matteo.
—¿Por qué yo? Estoy cómoda —me quejo, acurrucándome en su pecho mientras descansamos en el sofá y Salvatore cocina.
—Porque si voy yo, no me hará caso, pero si vas tú, sí lo hará. —Sonríe con picardía y luego me empuja lejos. Me caigo del sofá con un manotazo, resoplo, me doy la vuelta sobre mis talones y salgo furiosa. Abro de golpe la puerta principal y me dirijo al ascensor. Todo el sistema de escáneres y se