Eligiendo mi destino: La luna virgen del Alfa se ha revelado
Eligiendo mi destino: La luna virgen del Alfa se ha revelado
Por: J. I. López
Capítulo 1: La luna virgen y el alfa peligroso.

—Faela está esperando a mi cachorro, el futuro Alfa de esta manada, tu, Ithiliel, ya no puedes seguir siendo mi Luna, sin embargo, debido a nuestro vínculo, no puedo solo dejarte ir, así que pasarás de ser la Luna de la manada Baileyi, a ser mi concubina, debido a que te niegas a yacer conmigo… —

Aquellas fueron las palabras que el Alfa Gabriel me dijo, esperando a que solo lo aceptara sin más, como la compañera fiel que había sido todos estos años que guardaba silencio mientras él se revolcaba en nuestra cama con aquella miserable que ahora me miraba con un aire de altivez, disfrutando de restregarme su “triunfo” en la cara.

—Lo siento, querida, pero sabes cómo es esto, una Luna debe de darle cachorros a su compañero, y tú, la loba virgen, no fuiste capaz de seducir al tuyo, todos sabemos que Gabriel jamás ha puesto una de sus manos sobre ti, porque no eres capaz de despertar a su bestia, así que esto, eventualmente, tenía que pasar, tu no le das lo que el necesita, pero para eso estoy yo… —

Faela dijo aquello con orgullo, mientras acariciaba con sus manos los hombros de Gabriel quien me miraba con desprecio desde su trono.

Durante un momento guardé silencio; eran ya dos años desde que Gabriel se había colado en mis territorios, y me había mordido en el cuello para marcarme como su propiedad, aunque él sabía perfectamente que yo no deseaba unirme a ningún lobo, esa noche él intentó tomarme por la fuerza, pero mi poder de Alfa se lo impidió, como todas las noches siguientes mi loba lo rechazó.

—Es bien sabido que Ithiliel no es una loba completa, su sangre de poder peculiar no le permite congeniar por completo con nosotros, por eso su loba no ha despertado por completo, y no ha sido capaz de aparearse, una mestiza nunca fue digna de ser la luna de esta manada en primer lugar, aunque tenga el poder de un Alfa y la bendición de la madre tierra, por eso es que mi hija, ahora tomará lo que debió de ser suyo desde el comienzo. —

Aquellas palabras que salieron de los labios de esa otra loba, Tala, la madre de Faela, casi me hicieron reír. Todos allí estaban acusándome de la incapacidad de su Alfa para acostarse conmigo, mientras en sus ojos se reflejaba el temor.

—El Alfa Gabriel solo la marcó por su belleza sobrenatural, no porque fuera un buen partido. —

Murmuró otro de los lobos de la multitud que me señalaba con el dedo. Pero en efecto, aquello era cierto. Yo, Ithiliel Roux, era la hija de una loba a la que no conocí, y de un humano que también desapareció. Todos lo decían, mis cabellos pálidos que a la luz del sol parecían hilos de oro, mis ojos violetas con un “brillo de estrellas”, y mi figura grácil y frágil, cautivaban y “hechizaban” a todo aquel que me miraba, por ello era que me mantenía viviendo alejada de todo y todos, sin embargo, para mi desgracia, ese miserable que ahora anunciaba con bombos y platillos el haber embarazado a otra, se coló dentro de mis dominios y me marcó como si fuese una vaca de su propiedad.

La maldita marca en mi cuello me obliga a permanecer cerca de Gabriel, pero mi poder, no le permite acercarse a mi para tomarme, y por ello, se había buscado a una amante.

—Basta ya. — ordenó Gabriel, y en ese momento lo vi levantarse de su trono. — Ithiliel no dejará la manada, ella me pertenece, es el trofeo más hermoso que he conseguido, y se quedará a mi lado para siempre, aceptando su destino como dicta nuestra sagrada ley, y si no deseas pasar por la vergüenza de ser mi concubina, entonces arrodíllate ante mí y sométete… —

Aquella palabra me causaba repulsión.

“Destino.”

—Se buena, Ithiliel, baja tus escudos y permíteme tomarte como mi hembra, así, quizás tú también puedas engendrar otro cachorro para mí, y así serías mucho más feliz de lo que eres ahora. —

Gabriel me dijo aquello mientras su aliento caliente golpeaba en mi cuello, y después su lengua repasaba la comisura de mis labios ante la mirada furiosa de Faela y su madre, quienes, sin duda alguna, deseaban mi expulsión de la manada como nada más. El realmente creía que ser la madre de sus hijos y vivir bajo su sombra, me haría feliz. Era un idiota.

Empujando a Gabriel lejos de mí, lo miré con asco, tal y como siempre lo miraba cuando intentaba tocarme más allá.

—La ley del lobo no solo dicta que una hembra marcada debe de someterse, también, dicta que un lobo que ha cometido adulterio con otra hembra diferente a su compañera, tiene la obligación de liberar a su luna, y tú, Gabriel, estás a punto de tener un hijo con Faela, ¿Eso no me da derecho a mí de recuperar mi libertad? — cuestioné sin rodeos.

Gabriel me lanzó una mirada feroz con aquellos ojos grises, y luego, una retorcida sonrisa se dibujó en sus labios.

—Eso, no pasará jamás, Ithiliel, tú eres mi trofeo, y como tal, te vas a quedar aquí para que yo te admire…si yo no puedo tenerte, me aseguraré de que nadie más tome a la hermosa loba virgen. —

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