Cuando el médico se marchó, le pedí a Carmina Galván que tirara el preparado. Ella, con los ojos enrojecidos, intentó hacerme cambiar de opinión.
—Señora, ¿y si el médico se equivocó?
—Entonces considéralo mi último capricho.
En aquellos siete años, caprichos no me habían faltado. Lo irónico era que, al llegar al final, ni siquiera me quedaban fuerzas para volcar el cuenco.
Abrí el joyero y saqué, uno por uno, todos los regalos de Bruno: las perlas, los rubíes y el colmillo de lobo que había traído del campo de batalla cuando yo tenía dieciséis años.
En aquel entonces me lo había atado al cuello, sonriendo.
—Con esto puesto, nadie en la capital se atreverá a hacerte daño.
Solo después comprendí que quien más daño me haría sería precisamente él.
Le pedí a Carmina que hiciera un inventario y preparara los regalos para devolvérselos a Bruno. Solo conservé el colmillo.
—¿No se atreve a desprenderse de él, señora? —preguntó, secándose las lágrimas.
Acaricié las grietas de su superficie.
—No es eso. Es que no vale nada. Devolverlo solo serviría para que ocupara espacio.
Por la tarde fui a ver a Isabel. Sus tres hijos practicaban tiro con arco bajo la galería. El mayor, Julián Figueroa, ya tenía seis años y se parecía muchísimo a Bruno.
Le tendí el pequeño arco que había tallado durante la noche.
—Pruébalo. Es ligero, justo para ti.
Julián no lo tomó. Se quedó mirándome y, de pronto, preguntó:
—Rebeca, ¿tú también quieres tener un hijo?
El patio quedó en silencio. La doncella de Isabel bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
Me puse en cuclillas.
—¿Quién te enseñó a decir eso?
Julián hizo una mueca.
—Juana dice que siempre vienes a molestarnos porque tú no puedes tener hijos. También dice que quieres quitarnos a papá y hacer que mamá se enferme de tristeza.
Agarró el arco y lo arrojó con fuerza al estanque.
—¡No quiero nada tuyo!
El arco rompió la fina capa de hielo y se hundió. Me quedé mirando un largo rato y, para mi sorpresa, no me dolió tanto. Tal vez ya no quedaba nada en mí que pudiera seguir doliendo.
Estaba por irme cuando escuché la voz de Bruno a mis espaldas.
—Rebeca.
Llevaba una capa negra y todavía tenía nieve en los hombros. Acababa de regresar del palacio imperial.
Julián corrió a abrazarle las piernas.
—¡Papá, Rebeca me está regañando!
Bruno le acarició primero la cabeza y luego me miró.
—¿Por qué vuelves a discutir con un niño?
Sonreí apenas.
—No estaba discutiendo con él.
—¿Y qué pasó con ese arco?
—Se lo regalé. No le gustó.
Bruno frunció un poco el ceño, con el mismo gesto resignado que ponía cuando arreglaba mis desastres.
—Si te gustan los niños, haré que Julián y sus hermanos vayan a visitarte más seguido. ¿Qué necesidad tienes de ganártelos con estas cosas? A Isabel también le dolería enterarse.
Llevaba siete años haciendo lo mismo: primero resolvía mis problemas y después me decía que Isabel había salido lastimada. Como si, hiciera lo que hiciera, siempre estuviera compitiendo con ella.
Asentí.
—No volverá a pasar.
Su expresión cambió por un instante. No parecía haber esperado que obedeciera tan fácilmente.
En ese momento llegó Carmina con el cofre de madera lleno de joyas. Bruno lo miró y endureció el rostro.
—¿Qué haces?
—Son demasiadas cosas. No las uso, así que pensaba devolverlas al almacén —respondí sin emoción.
—Rebeca —dijo, con la voz más fría—. Isabel solo está embarazada otra vez. No tienes por qué montar este escándalo.
Lo miré.
—Quédese tranquilo, Alteza. No intento competir con ella. No volveré a hacerlo.
Bruno me observó unos instantes y levantó una mano para ajustarme la capa. El gesto seguía siendo natural, pero me hablaba como si intentara calmar a una niña que no entendía nada.
—Vuelve a tus aposentos y deja de andar de un lado a otro. Cuando hayas entrado en razón, iré a verte.
Me aparté de su mano.
—No hace falta que venga, Alteza.
Su rostro se ensombreció de golpe. Estaba por hablar cuando Isabel salió, apoyada en una doncella.
—No se enoje, Alteza —lo apaciguó con dulzura—. Seguramente Rebeca extraña la casa.
Se acercó, me tomó de la mano con cariño y me susurró:
—Si de verdad quieres pasar unos días con nuestra familia, puedo organizarlo. Pero, como ahora está enojado, no se lo digas todavía.
Alcé la mirada hacia ella. Isabel sonreía con la misma dulzura de siempre.
—Somos hermanas de sangre. Yo nunca te haría daño.