Cap 77. Lastre o bendición
En el jardín más florido del castillo, donde las glicinas se enredan como sueños morados y los lirios susurran con el viento, Eleonora se sienta en su banco favorito de mármol blanco. Desde ahí solía observar a Amaris, pincel en mano, perdida entre colores y paisajes, dando vida al mundo como si cada trazo fuera una forma de hablar.
Es un rincón tranquilo, lleno de recuerdos. Cada pétalo que se mece en el aire le recuerda a su hija. Cada sombra, cada aroma. Amaris pasaba horas allí, pintando en