El tiempo, ese tejedor invisible de destinos, siguió su curso implacable, como lo ha hecho siempre. Y mientras los años se fueron deslizando como arena entre los dedos, dos mujeres, madre e hija, dejaron su huella indeleble en las páginas del mundo.
Dos almas marcadas por el amor, pero tan distintas como el sol y la luna.
Eleonora desafió la monarquía, las costumbres, al mismo destino. Su corazón, herido en otras vidas, volvió a latir con fuerza en un mundo que no la esperaba, pero que terminó