Galilea estaba pálida. No pensó que Joseph descubriría todo esto, pero aún así, por instinto, lo negó todo.
—Joseph, ¿qué estás diciendo? Yo no le he dicho nada a Elowen.
Joseph se rio, apretando su menton con una mano.
—¿Y sigues pues negándolo? Si no hubiera visto esos mensajes, ni siquiera habría imaginado que eres una doble cara. Te haces pasar por una mosquita muerta conmigo, pero con Elo eres una hiena carnicera.
—Te he advertido mil veces que Elo es la única mujer que he amado en esta vid