Capítulo 31

 —Entonces, Samay está con ustedes. —El pelinegro dijo sonriente—. Esa muchacha es muy escurridiza, nunca pude dar con su paradero.

 —¿La buscabas? —Samuel y Sebastián se miraron con una sonrisa.

 —¡Claro que la buscaba! Quería devolverle a su hijo.

 —¿Su hijo? —Samuel inquirió estupefacto. Pues Arthur no le había contado sobre aquello.

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