El pent‑house de Hikara tenía un aire distinto al de Haruki, aunque era igual de amplio, igual de caro, pero donde en el de su hermano todo era contención, el suyo rezumaba vida, la barra cargada de botella, los cuadros más que atrevidos en las paredes, cojines desplazados en los sofás, una guitarra apoyada en un rincón.
Esa noche, después de la cena, Nancy entró como si ya fuera su casa, dejó el bolso sobre una silla cualquiera, se desabrochó los zapatos, se sirvió una copa sin preguntar, porq