El horario laboral había acabado, Haruki se había ido derecho a su pent‑house, Hikara, en cambio, se quedó un rato más apoyado contra la baranda de la terraza ejecutiva de la empresa, mirando la ciudad desde la altura, allí estaban, las dos caras del mismo apellido, Haruki, quien era un obsesivo del orden, con la agenda organizada al segundo, y la cama siempre fría, porque sus relaciones eran como sus contratos, claras, breves, sin cláusulas ambiguas, nunca duraban más de una semana, jamás pasa