El silencio después de su elección fue tan pesado que Sabrina casi pudo oír los latidos de su propio corazón, su mano seguía sobre la tapa negra de la nueva agenda, pero Haruki no le dio ni un segundo para saborear la idea de “tengo trabajo”.
—Bien. —dijo simplemente— Empezamos ahora con lo esencial.
—¿A… ahora? —repitió Sabrina, retirando la mano y enderezándose un poco.
Mientras que Haruki ya estaba abriendo un pequeño estuche, que acompañaba el paquete que Sora había llevado, de allí sacó una