Capítulo 3

Sabrina nunca supo decirle que no a Valeria, eso estaba más que claro.

—Solo será un ratito, Sabri, te lo juro —insistió su hermana, colgándose de su brazo con un dramatismo calculado— Además, necesito tu opinión, nadie entiende mi estilo como tú.

Sabrina miró de reojo la pantalla del celular, tenía abierto el correo de la agencia de empleo, una oferta a medio leer, un formulario por completar, y su estómago se encogió, porque cada día sin trabajo era un recordatorio de que lo había perdido por ceder una y otra vez a los caprichos de la misma persona que ahora le sonreía con ojitos brillantes, la misma persona por la que sus padres habrían dado la vida sin dudar.

—Valeria, mamá me pidió que averigüe sobre esos cursos online, y tengo que terminar el currículum, además, Michael dijo que…

—Michael, Michael, Michael. —bufó Valeria, haciendo un puchero— Siempre tienes tiempo para él, pero para mí nunca. ¿Te acuerdas cuando yo estaba en el hospital? ¿Quién se quedaba conmigo? Tú. ¿Y ahora qué? ¿Unas horas en el centro comercial te van a matar?

La culpa cayó como una losa sobre los hombros de Sabrina, porque los últimos dieciocho años habían sido una sucesión de frases como esa, “Valeria ha sufrido tanto…”, “Valeria merece ser feliz…”, “No seas egoísta, Sabrina”.

¿Egoísta? ...Inspiró hondo.

—No he dicho que no quiera ir, solo… —comenzó a decir la rubia, pero por supuesto que su hermana menor la interrumpió.

—Necesito un bolso nuevo para el inicio de la universidad, todos mis compañeros van a ir perfectos. ¿Quieres que parezca una mendiga al lado de ellos?

“Tú jamás podrías parecer una mendiga”, pensó Sabrina, mirándola con dulzura, porque Valeria tenía esa clase de belleza delicada que atraía miradas sin esfuerzo, era delgada, de rasgos suaves, con ese aire frágil que hacía que cualquiera quisiera protegerla.

Al lado de ella, Sabrina siempre se había sentido… más... Más alta, más redonda, más fuera de lugar con su entorno, como si ocupase demasiado espacio.

—Está bien. —cedió, al fin, como cada vez que la joven le pedía algo. — Vamos al centro comercial, pero solo un rato, ¿sí?

Valeria sonrió, radiante, como si acabara de ganar una batalla importante.

—Sabía que dirías que sí, eres la mejor hermana del mundo.

No era la mejor, solo era la más maleable, y lo sabía.

El centro comercial, era un monstruo de cristal y luces, estaba abarrotado para ser un día de semana, aun así, Valeria avanzaba unos pasos por delante, señalando vidrieras, comentando marcas, hablando de “lo que todas iban a llevar” ese semestre, mientras Sabrina, en cambio, sentía el peso de cada precio en las etiquetas como un golpe.

—Este. —dijo Valeria, tomando un bolso de diseñador y colgándoselo del hombro— ¿Qué te parece?

Sabrina tragó saliva al ver el número colgando discretamente del asa.

—Vale casi lo mismo que mi alquiler de un mes. —intentó bromear Sabrina, aunque no era broma, y prueba de ello era el nudo en el pecho que le dificultaba el respirar con normalidad.

—Exagerada. —resopló su hermana— Además, tú siempre dices que estudiar es importante, no quiero llegar con un bolso viejo y parecer la pobrecita del grupo.

“Pobrecita”, esa palabra le quemó, pobrecita había sido Valeria durante años, sí, pero también lo había sido Sabrina, de otro modo, a la sombra, siempre a la sombra de alguien más.

—Podemos buscar algo un poco más… económico. —sugirió, con cuidado— Hay tiendas con cosas muy lindas y…

—¿Sabes cuál es tu problema, Sabrina? —Valeria se giró hacia ella, cruzándose de brazos, con el bolso caro colgando de su hombro delgado— Siempre piensas en pequeño, en restricciones, en lo que no se puede, mamá dice lo mismo.

La voz de su hermana era dulce, y aun así aquellas palabras por más que fuesen dichas con miel, a Sabrina le dolieron más de lo que debería.

—No pienso en pequeño, solo trato de ser responsable.

—¿Responsable conmigo es dejar que me vea como una perdedora el primer día de clases? —insistió Valeria, alzando ligeramente la voz— Pero está bien, no te preocupes, le diré a papá que no quisiste ayudarme, total, solo tuve cáncer y casi me muero, no es como si mereciera un bolso bonito.

Aquella frase provocó que Sabrina cerrara los ojos, como si en lugar de solo estar escuchando un par de palabras, su hermana lo hubiese abofeteado en pleno centro comercial, siempre era así, aquel recordatorio era como una bomba silenciosa, que siempre la acompañaba lista para explotar en uno u otro momento.

—Valeria… —susurró Sabrina.

—Olvídalo. —la menor de las hermanas Reyes, ya estaba dándole la espalda. — solo voy a probármelo, y si no te gusta, no hace falta que pagues nada, siempre puedo pedirle a Michael que me lo compre.

Ese nombre, en la boca de su hermana, la pinchó en un lugar que no supo nombrar.

—Yo lo pago. —se apresuró a decir Sabrina, antes de pensar. — Está bien, te lo compro, pero este mes no voy a poder…

—¡Te amo! —gritó Valeria, plantándole un beso en la mejilla y abalanzándose hacia los probadores con el bolso ajustado a su cuerpo como si ya fuera suyo.

Sabrina se quedó allí, parada, observando las luces blancas reflejadas en el piso brillante, hasta que miró su reflejo en el vidrio de la vidriera, tenía caderas anchas, senos llenos, cara bonita, según Michael. “Mi chica suave”, solía decirle él, acariciando su vientre un poco flácido e hinchado, con una familiaridad que aún le hacía cosquillas en la memoria.

Sabrina se detuvo un segundo a pensar en él, en su hombre, en cómo había prometido pasar esa tarde juntos, y cómo había sonreído cuando ella le habló de la entrevista potencial para un empleo nuevo.

“Te mereces algo mejor, Sabri. Yo sé que lo vas a conseguir.”

Sonrió, sola, recordando sus palabras, y es que Michael siempre había sido su apoyo, su amigo, su novio, su refugio en una casa donde nadie la miraba realmente, pero de pronto sintió un leve mareo, llevaba así varios días, con cansancio, náuseas suaves, un retraso que no había querido mirar demasiado de frente, pensando que tal vez era el estrés, sumado a la presión y la angustia.

—Sabrina, ven a pagar. —gritó Valeria desde el mostrador. — Y luego vamos por una malteada, porque juro que moriré si no tomo algo dulce.

—Voy —respondió Sabrina, guardándose el nudo de preocupación en el bolsillo, junto a la tarjeta de débito castigada.

Y mientras Sabrina caminaba hacia el mostrador a pagar un bolso que ella jamás se hubiese comprado para si misma… en la casa de sus padres alguien tocaba el timbre de la casa familiar con manos aparentemente temblorosas, pero con un plan perfectamente medido en la mente.

—Michael, hijo, pasa, pasa. —la voz de Elena resonó cálida al abrir la puerta.

Y Michael Carter sonrió con la misma sonrisa limpia que había conquistado a la familia años atrás, pues era el chico bueno del barrio, educado, atento, un hijo más para Fernando y Elena y un hermano más para Alex y Valeria.

Solo que no todo era tan así.

—¿Y Sabrina? —preguntó Fernando, desde el sillón, sin apartar demasiado la vista del partido que veía en la televisión.

—Salió con Valeria al centro comercial. —respondió Elena, colocándose el cabello detrás de la oreja. — Ya sabes cómo es tu novia, no puede decirle que no a su hermana.

Michael carraspeó.

—En realidad, yo le pedí a Valeria que se llevara a Sabrina… porque quería hablar con ustedes, y con Alex, si está.

—Estoy. —la voz de Alex llegó desde la escalera, mientras descendía con una carpeta en la mano— ¿Pasó algo?

Michael tomó aire, mientras se sentaba en el sofá frente a ellos, y por un instante, pareció nervioso, arrepentido, y culpable, aunque eso no duró mucho.

—No sé por dónde empezar. —dijo, mirando al suelo— No quiero que me malinterpreten, Sabrina es… Sabrina es una persona increíble, ustedes lo saben.

Elena sonrió de forma automática.

—Nuestra niña es muy buena. —asintió— Siempre ha sido la responsable, la que se ocupa de todo.

“Demasiado responsable”, pensó Alex, cruzándose de brazos, demasiado sacrificada, demasiado invisible para todos menos para él.

—Justamente por eso estoy aquí. —continuó Michael— Porque Sabrina no se merece una mentira, y siento que… que eso es lo que he estado viviendo con ella.

El silencio de la incredulidad se esparció por el lugar a tal punto que Fernando finalmente bajo el volumen de la televisión.

—¿De qué estás hablando, muchacho?

Michael alzó la vista, con sus ojos, que Sabrina siempre había descrito como “honestos”, brillando con determinación.

—Estoy enamorado de Valeria.

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