Capítulo 6

Sabrina se obligó a no retorcer las manos, porque malditamente ella había aprendido más que bien a mantener sus emociones bajo una máscara, y eso también se lo debía a Valeria, aunque por supuesto que no podría culparla en este caso, solo eran los partes médicos, esos que no eran nada alentadores para su pequeña hermana y que, sin embargo, cuando Sabrina debía ingresar en la habitación de Valeria, una sonrisa se posaba en sus labios como si nada malo sucediera.

—Que es… —lo animó.

Hikara la miró de arriba abajo, aunque no de forma vulgar, pero sí con una intensidad que la incomodó, porque sus ojos azules se demoraron una fracción de segundo más de lo debido en sus caderas, en el contorno de sus muslos bajo el pantalón.

—El uniforme. —dijo, finalmente— Aquí, la mayoría de las asistentes usa un tipo estándar, traje sastre, chaqueta entallada, falda lápiz, y nuestros proveedores trabajan con ciertas medidas… habituales, y tú…

Hikara dejó la frase en el aire, como si invitara a que ella la completara, mientras Sabrina sintió el habitual pinchazo en el pecho, ese que conocía bien, el que provocaba esos comentarios “inocentes” sobre talles, ropa, “entrar o no entrar” en determinados moldes.

—Yo… —empezó, pero Hikara alzó una mano, fingiendo inocencia.

—No me malinterpretes. —añadió rápido, sonriendo— No es una crítica, solo es logística, ya que eres más… —buscó la palabra, descaradamente— realista que las maniquíes que suelen pasar por aquí, si llegamos a contratarte tendríamos que ajustar el talle.

Haruki lanzó una mirada breve a su hermano, como si estuviera evaluando si la línea que acababa de cruzar era demasiado fina, o demasiado gruesa.

Sabrina inspiró despacio, podía, si quería, agacharse, encogerse, disculparse por su existencia y solo salir de allí, porque había pasado media vida escuchando a Valeria quejarse por una mínima curva de más frente al espejo, mientras ella aprendía a comprarse ropa una talla más grande sin hacer drama.

—Mi cuerpo no es un problema logístico. —dijo, con calma— O no más que cualquier otro, y si el taller tiene que ajustar medidas, será parte de su trabajo, cosa que, por cierto, pagarían ustedes, no yo.

La comisura de los labios de Hikara se curvó apenas, y Haruki se quedó inmóvil.

—Mi condición física no tiene nada que ver con mis capacidades. —continuó Sabrina, sosteniendo la mirada azul de frente— Porque, si ese fuera el caso, entonces yo sería la mujer más competente de toda la compañía.

Lo dijo en tono neutro, sin arrogancia evidente, pero el mensaje era claro, no se iba a reducir a un número en una etiqueta, ella no proponía adelgazar, porque su peso no limitaba sus conocimientos.

Y fue allí cuando algo sucedió, una chispa, mínima, y peligrosa, cruzó los ojos de Hikara, no era solo diversión, más bien era interés, puro y crudo.

Haruki, por su parte, apoyó la espalda en el respaldo de la silla, observándola como quien mira una pieza de ajedrez que no encaja en las jugadas conocidas.

—Anotado. —murmuró al fin, con voz grave.

—Entonces. —retomó Hikara, como si nada— tenemos a una candidata que no se desarma cuando se le habla del sistema caído, que carga una agenda física en pleno siglo veintiuno, que trae ropa extra “por si acaso” y que no entra en el molde de nuestras otras asistentes.

—Correcto. —dijo Haruki— Y que responde sin titubear.

Sabrina sintió el corazón martillear de nuevo.

—¿Hay algo más que quieran preguntarme? —se atrevió a indagar.

Haruki la miró unos segundos, como si buscara una grieta en su fachada.

—Sí. —dijo, finalmente— ¿Por qué quieres este trabajo?

La pregunta, era simple, pero la tomó más desprevenida que cualquier escenario hipotético, podía mentir, podía decir que buscaba crecimiento profesional, un ambiente competitivo, retos constantes, podía repetir las frases que había ensayado frente al espejo.

En cambio, lo primero que le vino a la mente fue la voz de su madre diciendo que “un buen empleo en una gran empresa” la “ayudaría a salir adelante”, y junto a eso la voz de Alex hablando de oportunidades, y por supuesto la de Michael, pidiéndole que “entendiera” que necesitaba espacio, pensó en el departamento que ya no se sentía suyo, aunque poco había vivido allí, más que nada la ocupaba para hacer el amor con Michel, pero ahora que sus padres y por poco le habían dicho que no regresara a su casa familiar, ni siquiera podía quedarse en ese departamento, necesitaba mudarse a un lugar donde no hubiesen recuerdo de Michel.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, la respuesta que surgió tuvo que ver con ella.

—Porque necesito una vida propia. —dijo, despacio— Y porque creo que puedo ser muy buena en lo que ustedes necesitan.

No añadió “y porque no tengo a dónde más ir”, no hacía falta.

Hikara fue el primero en reaccionar, su sonrisa esta vez fue más suave, menos burlona.

—Honesto. —comentó— Me gusta.

Haruki cerró la carpeta con su currículum, y el sonido seco resonó en la sala.

—Nos has dado suficientes respuestas. —dijo— Ahora, necesitamos tiempo para tomar una decisión.

Las piernas de Sabrina se aflojaron por dentro, pero se controló, solo asintió, recogiendo su libreta y su bolso.

—Gracias por considerarme. —dijo, levantándose con cuidado.

Cuando llegó a la puerta, la voz de Haruki la detuvo.

—Señorita Reyes.

—Sí.

Los ojos negros de él se suavizaron una fracción. Apenas.

—Si el sistema de la empresa se cayera mañana… —dijo— ¿estarías preparada?

Sabrina le sostuvo la mirada, aguantando la sonrisa que le pedía salir, ese hombre podía crear escenarios catastróficos… pero reales.

—Tendría mi agenda lista antes de que se apagara el primer monitor. —respondió.

Haruki asintió, apenas.

—Puedes retirarte. —concluyó.

Sabrina salió de la sala sintiendo que el aire del pasillo era más pesado que cuando entró, no sabía si lo había hecho bien o si había arruinado la única oportunidad que tenía, lo único que sabía era que, por primera vez, no se había disculpado por ser quien era. Ni por cómo era.

La puerta se cerró detrás de ella, dentro, el silencio se alargó unos segundos.

—Me gusta. —dijo Hikara, finalmente, rompiendo la quietud— No se encoge, no llora, no se sonroja como una colegiala cuando la miras a los ojos, y esa boca… —sonrió, recordando la frase sobre ser la mujer más competente de la compañía— Tiene filo.

—Es eficiente. —corrigió Haruki— Prevenida, rápida, no se queda en blanco, y sus respuestas no son teóricas, son prácticas.

Sus ojos negros se quedaron fijos en el punto donde ella había estado sentada.

—¿La quieres? —preguntó Hikara, con un doble sentido que ninguno de los dos terminó de disimular, y Haruki tardó un segundo en responder.

—La necesito. —dijo— Como asistente.

Hikara sonrió, ladeando la cabeza.

—Veremos si solo como asistente, hermano.

Por primera vez en mucho tiempo, ambos sintieron algo parecido a la anticipación.

Mientras que afuera, en el pasillo, Sabrina se apoyó un segundo en la pared, cerró los ojos y respiró hondo, no tenía como saber que, al contestar con tanta calma a dos hombres que podían destruirla con una firma, acababa de hacer algo más que pasar una entrevista.

Sabrina acababa de llamar la atención de dos depredadores acostumbrados a que el mundo entero se encogiera ante ellos, y lo que acababan de decidir, aunque ella aún no lo sabía, era mucho más que un simple “sí, la contratamos”.

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