¿Un trabajo? —preguntó Lino, arqueando una ceja. No parecía muy amable aquella tarde de domingo. Noté que su mirada había vuelto a ser la de la persona fría que conocía.
Típico. Era como la madera. Imposible leerle las emociones. Y si se pudiera, solo eran intensas o frías.
Menos mal que no creía que las emociones humanas controlaran el clima. Si no, estaríamos todos muertos.
Se recostó, frunciendo el ceño. —No sé si bromeas o hablas en serio, Juan. ¿No te das cuenta de que tu vida corre peligr