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Di un respingo. No esperaba verlo allí de pie, vestido con un traje oscuro con los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto el pecho justo como para hacerme un nudo en la garganta. Hacía años que no veía a Enzo Salvatore, pero su presencia seguía teniendo el mismo poder sobre la sala. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos y me quedé sin aliento.
"Enzo...", susurré, con la voz apenas audible.
La sala se sumió en el caos. Se desenfundaron armas, las voces se alzaron presas de