Apoyé los dedos sobre el teclado, pero no se movieron.
Escribir siempre era como avanzar a través del lodo.
Metí una mano en la bolsa y saqué el teléfono. Tenía que utilizar mis trucos. No eran perfectos, pero funcionaban.
Fotografié la carpeta y empleé una aplicación para convertir la imagen en texto. Después me coloqué los audífonos. Una voz monótona y artificial comenzó a leerme el texto. Era lenta y aburrida, pero pronunciaba las oraciones con suficiente lentitud para que mi cerebro pudie