Capítulo 8: El Secreto en la Sangre
El eco del agua goteando contra las estalagmitas era el único pulso que marcaba el tiempo en la penumbra de la cueva. Alaric permanecía alerta, con un brazo rodeando la espalda desnuda de Isolde mientras ella recuperaba el aliento apoyada en su pecho. El calor de sus cuerpos creaba una bruma ligera sobre el agua termal, un pequeño oasis de vida en el corazón del frío eterno.
—Alaric... —susurró ella, y su voz no fue un lamento, sino una confesión que parecía