El aire estaba cargado, como si millones de chispas eléctricas lo recorrieran. Ciel flotaba en medio del campo, la luz plateada de sus ojos enfrentándose a la sombra ardiente que todavía intentaba reclamarla.
Ian, con el brazo extendido hacia ella, gritaba con la garganta rota:
—¡Ciel, mírame! ¡Eres tú, no él! ¡Tú me elegiste!
Jordan, apoyado en su espada, jadeaba con rabia, la sangre escurriéndole por la boca.
—¡No le des la espalda, Ciel! —su voz era un rugido desgarrado—. ¡No confíes en un f