El amanecer nunca llegó.
El cielo permanecía teñido de rojo, como si la luna partida hubiera maldecido la tierra. Los cuerpos aún ardían en brasas dispersas, y el aire estaba impregnado de un hedor metálico que nadie podía ignorar.
Leonardo alzó a Ciel entre sus brazos con un cuidado feroz, como si ella fuera lo único que mantenía en pie su espíritu desgarrado. Ian, tambaleante, se mantuvo a su lado, mientras Jordan abría paso con la espada aún en mano, su furia sirviendo de escudo contra cualq