Las horas parecían siglos. Afuera, la tormenta no cesaba: los relámpagos iluminaban el cielo teñido de rojo y las nubes rugían como si el mundo entero se partiera. Dentro de la casa, las velas apenas lograban resistir el viento invisible que soplaba desde la misma piel de Ciel.
Leonardo seguía de pie, con la mirada fija en ella. El cansancio le pesaba en los huesos, pero el miedo lo mantenía despierto.
Ian, exhausto, se había sentado en el suelo con la espalda contra la cama, aferrando aún la m