El líder del clan del este alzó su brazo tatuado, y de su piel brotaron llamas negras que devoraban el aire mismo. Con un movimiento brutal, lanzó una llamarada contra Ciel e Ian, un fuego que no quemaba carne, sino alma.
Ian reaccionó primero, abrazando a Ciel y girando con ella para cubrirla con su propio cuerpo. El fuego lo alcanzó de lleno, desgarrando su piel como si fueran cuchillas invisibles.
—¡Ian! —gritó Ciel, viendo cómo la sangre brotaba de su espalda.
El rubio gruñó, sosteniéndose