El torbellino de sombras y fuego plateado se expandió como una ola viva, arrancando árboles de raíz y lanzando a los cazadores por los aires como si fueran muñecos de trapo.
La líder del lobo blanco, sorprendida, apenas alcanzó a clavar su lanza en el suelo para no ser arrastrada por la corriente oscura.
Leonardo, con el hombro atravesado y la sangre empapando su capa, apenas logró sostenerse de pie, pero sus ojos no se apartaban de su hija.
—¡Ciel! ¡Escúchame! —rugió, aunque su voz se perdía e