Ciel no podía dejar de temblar. Sostenía a su madre con fuerza, sintiendo el peso del pánico y la culpa en cada latido. Ian seguía en el suelo, jadeando, los ojos clavados en ella como si no pudiera creer lo que acababa de pasar.
Y entonces… un estruendo.
La puerta principal se abrió de golpe, como si hubiera sido empujada por una tormenta.
Un aura pesada llenó la casa.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —rugió una voz profunda y autoritaria, cargada de rabia contenida.
Ciel se giró lentamente