Leo respiraba agitado. La pared rota. Su esposa inconsciente. Su hija mirándolo con ojos de fuego y miedo.
Todo lo que por siglos intentó contener… acababa de romperse.
Se pasó la mano por el rostro, frustrado, caminando en círculos como una bestia enjaulada. Y entonces, explotó:
—¡¡Carajo, Ciel!! ¡Tú no tienes idea de quién soy! ¡De lo que fui!
Ella lo miró sin moverse, sin parpadear.
Leo se giró hacia ella, los ojos encendidos. La voz retumbando por toda la casa.
—¡Vengo de un clan antiguo! ¡