El campo de batalla había quedado reducido a un lienzo de ceniza y cuerpos. La luna, partida en dos fragmentos rojos, parecía observar desde lo alto como un ojo sangrante que se negaba a cerrarse. El silencio era tan profundo que incluso el crepitar de las brasas en los árboles derribados sonaba como un trueno.
Ciel yacía en el suelo, inmóvil, con el rostro bañado en sudor y la piel pálida como la ceniza que la rodeaba. Su respiración era apenas perceptible, un hilo frágil que mantenía unido lo