El resplandor del portal los envolvió como un torbellino, y en cuestión de segundos el olor a ceniza y sangre fue reemplazado por el aroma húmedo de los bosques que rodeaban la casa de Leonardo. Ian cayó de rodillas, aún con Ciel en brazos, sintiendo cómo la temperatura de su piel descendía peligrosamente. Ella estaba pálida, con los labios casi morados, su respiración irregular.
—Aguanta, Ciel… por favor, aguanta —murmuraba Ian, como si sus palabras pudieran devolverle la vida.
Leonardo aparec