El silencio pesaba tanto que parecía que el bosque entero estaba conteniendo el aliento.
El bebé estaba quieto.
Demasiado quieto.
Ciel sintió cómo su pecho se oprimía, un miedo helado trepándole hasta la garganta. Sus manos temblaban mientras acercaba al pequeño a su pecho, intentando sentir su pulso.
Un hilo.
Un latido débil, como si se apagara y volviera.
Ian se inclinó junto a ella, desesperado.
—Ciel… está reaccionando a tu energía. A la tuya y a la de él —dijo señalando a Alexandre