El viento helado de Elarion cortaba la piel como cuchillas.
El cielo permanecía en un constante tono violeta, teñido por un sol moribundo que apenas alcanzaba las cimas cubiertas de ceniza.
Allí, entre rocas y raíces retorcidas, Ciel caminaba con el niño en brazos, seguida de Ian, que apenas recuperaba fuerzas.
Jordan se había quedado atrás, prometiendo distraer a los rastreadores de Alexandre.
Ellos dos, en cambio, debían llegar hasta el Santuario de la Sangre Vieja, donde, según las escritura