El aire dentro de la cueva se volvió tan denso que el aliento se volvió imposible.
El resplandor rojizo que recorría las paredes comenzó a fluir hacia el centro, dibujando sobre el suelo un círculo perfecto, un sello que latía con ritmo propio.
Ciel apretó al niño contra su pecho.
Ian se interpuso frente a ambos, la mirada fija en la oscuridad.
Un susurro surgió de las sombras, grave y profundo, como si viniera de todas partes a la vez.
—Así que… los hijos de la sangre impura se atrevieron a in