El silencio tras la tormenta era irreal.
Solo el crepitar de los muros fracturados y el débil llanto del niño llenaban el aire.
La lluvia, ahora fina y constante, se filtraba por los huecos del techo, cayendo sobre el cuerpo herido de Ian.
Ciel lo sostuvo entre sus brazos, temblando.
La sangre manaba sin detenerse del costado de él, caliente y espesa, mezclándose con el agua.
—Ian… mírame —susurró, golpeando suavemente su rostro—. No cierres los ojos, ¿me oyes?
Él respiraba con dificultad.
Sus