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La lluvia se había vuelto fina, casi etérea, como si el cielo temiera tocarla.

Ciel permanecía inmóvil entre los restos del bosque, la piel pálida y brillante, el pulso latiendo con un compás que ya no era ni humano ni vampiro.

Ian la observaba con una mezcla de miedo y devoción. Había visto el poder antes, pero nunca así: tan puro, tan indomable, tan… vivo.

De pronto, Ciel levantó la vista. En sus ojos se reflejaba el firmamento: una franja de luz dorada cruzando la oscuridad carmesí.

El aire
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