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El silencio era absoluto.

Ni viento, ni nieve, ni sonido alguno.

Solo un vacío brillante, como si el mundo se hubiera detenido a mitad de un suspiro.

Ciel abrió los ojos lentamente.

El suelo bajo ella no era tierra, ni piedra: era cristal líquido, que reflejaba luces doradas y rojas, como un océano hecho de luna.

Su cuerpo flotaba apenas sobre la superficie, sin peso.

—Ian… —susurró con la voz débil.

Una sombra se movió a su lado.

Ian apareció entre la neblina, arrodillándose junto a ella. Su r
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