Ian permaneció en silencio, viendo cómo Ciel se alejaba entre el gentío del campus. Su cabello se movía al compás del viento, y cada paso que daba parecía alejarla un poco más de su mundo, de esa oscuridad que él nunca había podido abandonar.
El corazón —si es que aún lo tenía— le dolía de una forma desconocida.
“No puedo protegerla de todo…”, había dicho ella.
Pero él sabía que no protegerla sería su perdición.
Apoyó la espalda contra una pared y cerró los ojos. El ruido de los estudiantes, la