168

Ciel despertó con un suspiro ahogado.

El cuarto estaba envuelto en penumbra, apenas iluminado por la luz azulada que entraba por la ventana.

El sonido de la lluvia repicando contra los cristales llenaba el silencio con un ritmo lento, casi hipnótico.

Por un momento no supo dónde estaba.

Hasta que reconoció el aroma.

Ese olor inconfundible a madera, metal y sangre seca.

Ian.

Estaba sentado junto a la cama, la cabeza apoyada en una mano, los ojos fijos en ella.

No había dormido.

Ni siquiera se movió cuando notó que despertaba.

—Pensé que no abrirías los ojos —murmuró, con voz baja y rasgada.

Ciel trató de incorporarse, pero un mareo la obligó a recostarse otra vez.

Su cuerpo dolía como si hubiera sido atravesado por fuego.

—¿Cuánto tiempo…? —preguntó con esfuerzo.

—Dos días —respondió Ian, sin apartar la mirada—. Tu aura se descontroló. Nadie podía tocarte. Ni siquiera Jordan.

El nombre hizo que un escalofrío la recorriera.

—¿Dónde está él?

Ian apretó la mandíbula.

—Se fue. Dijo que nec
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