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El silencio que siguió a la batalla era casi insoportable.

El aire olía a ozono y a ceniza. Los muros de la fortaleza todavía vibraban con el eco de la energía liberada por Ciel.

La luna se alzaba pálida sobre los restos del campo, bañando todo con un resplandor plateado que parecía ajeno a la destrucción.

Ciel se mantenía en pie, pero su cuerpo temblaba.

La sangre híbrida seguía brillando débilmente bajo su piel, como un fuego que se negaba a apagarse.

Su respiración era irregular, y el temblo
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