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El ascensor descendió lentamente, pero la furia de Alexandre iba más rápido que cualquier máquina.

Sus manos estaban cerradas en puños, los nudillos blancos.

Cada paso resonaba como un aviso.

Cuando las puertas se abrieron, el ambiente en recepción estaba cargado.

Dos guardias tenían a Esteban retenido.

El hombre forcejeaba, sudoroso, con la camisa medio abierta y los ojos inyectados de rabia.

—¡Suéltenme! ¡Ella es mía! —gritó— ¡Tiene que bajar YA!

La voz del sujeto retumbó en el lobby… y Alexandre apareció en silencio.

Los guardias, al verlo, se apartaron ligeramente.

Esteban, en cambio, se rio con burla.

—¿Y este quién es? ¿Otro jefe obsesionado con mi mujer?

Alexandre lo miró… pero su mirada no era humana.

Era algo helado, filoso. Puro control a punto de quebrarse.

—Repite eso —ordenó con voz grave.

Esteban escupió al suelo.

—Que es mi mujer. Mi problema. Y vengo por ella.

La furia de Alexandre se encendió como gasolina.

—Ella no es tuya —dijo despacio, caminando hacia él—. No lo e
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